Trinchetes de la Guerra.

Retumbo el feroz sonido de una explosión a lo largo de la calle, todos los vecinos la escucharon cuando estaban realizando sus actividades cotidianas. Sorprendidos se asomaron por las ventanas y pudieron mirarse los unos a otros mientras murmuraban entre ellos lo ocurrido, pues desde allí no habían podido ver nada.

Estaban alarmados. Algo peor podía suceder, y algunos entonces salieron rápidamente para dirigirse al lugar del hecho. Pero igual que como enciende un fuego en el alcohol, se prendió aún más la alarma después que vieron con los ojos bien abiertos y confundidos a los tanques de guerra colombianos, verdes y con una bandera del país en las laterales, sacudiendo, como un terremoto atormentando y agobiando una ciudad, la gran cuadra de Manases. Las piedras de la cuadra volaban, saltaban como crispetas.

Doña Marta, ese día estaba leyendo tranquilamente el periódico  El Tiempo, que como siempre su nieto le compró en la tienda de Don Julio por la “mañanita”. Esperaba resignada ese día, porque sólo le quedaba esperar. Sabía lo que venía. “Mientras, le molestare la vida a mis nietos”, pensaba ella. Sólo seguiría siendo un estorbo, y una preocupación más para otros, pero mientras, aún tomaría su taza de café.

A las 3:30 p.m, cuando escucho el escándalo y a los preocupados gritos de la gente de afuera, hizo lo de siempre, esperar. No se sorprendió en ningún momento, permaneció tranquila, como si ya no hubiera salvación. Ella sabía lo que sucedería, Manases se lo comunico por la noche en un sueño, suavemente a su oído se lo susurró, a la luz de la noche: la tienda de Don Julio se caería a pedazos, sus ladrillos golpearían otras paredes vecinas y se destruirían en pedacitos más pequeños. Todo el escaparate caería a pedazos y uno de esos vidrios cortarían a Don Julio, el cual estaría asomado entre la abierta puerta café clara mirando con piel de gallina que los tanques dirigirían lentamente, pero a la vez tan de forma rápida, sus grandes ruedas a la tienda, justo a la tienda de él, y se paralizaría.
-¡Es tarde hijue…! ¡Se vinieron! Hagan evacuar rápido, ¡rápido dije! – Gritó un hombre que acababa de venir junto a la policía, parecía ser el capitán. –No hay paso atrás, esos malditos nos han engañado-.

Los tanques parecían modelar sus destructores cañones amenazadores pasando por la cuadra llena de piedras, cosa que muchas veces permitió a los políticos prometer pavimentar la cuadra, pero solo eso: prometer. Igual que las fallidas y prometedoras promesas de los traicioneros, que primero hicieron tratos con el estado. Oyeron de repente, cuando estaban concentrados viendo pasar los tanques, un silbido tremendo del cielo que dejaba un ambiente de mala impresión y luego un ¡PUM!; cayó cerca la casa de Don Martín, el zapatero con un hijo de pocos años muy inteligente. Eso conmovió mucho a la gente, unos incluso se desmayaron de sufrimiento. Pero todos buscaron el camino de la supervivencia, el camino que los pudiera llevar a otro lugar, para que una bomba o un -¡Misil! ¡Cuidado!- no les cayera encima matándolos. El peligro les rodeaba, porque dos bandos, uno al oriente y otro al occidente de la cuadra de Manases, se enfrentaban.


-De seguro el hijo de Martín estaba en casa de su tía… seguro que sí ¡mantiene halla! – Chilló una mujercita débil que había podido ver la explosión la cual termino de espantar a todo el mundo. –No pienses en eso, estamos vivos, hay que seguir adelante- Trató de darle ánimos su pareja, para luego echarse a llorar en aquella carpa en la que estaban, encima de una camisa que estaba sucia y que recordaría: fue con la que su abuela le enseño a planchar de niño. Lloro más que todo por su abuela, recordando el momento en que insistió tanto en quedarse, en que no tenía futuro, pero era difícil dejarla, y que en todo este estúpido tiempo que le había servido sin preocupaciones una taza de café sin azúcar, no le había demostrado amor. Pensó en el problema del azúcar, en todas las citas a las que la había acompañado cogiéndola de la mano para que pudiera caminar mejor. Pero el verdadero amor, no se lo había demostrado jamás. Nunca. Esa palabra retumbaba en su cabeza, chocaba con su cerebro, le hacía pesar más la cabeza. Nunca.

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